Palabra de Juventud
PALABRA DE JUVENTUD
Discurso pronunciado por Miguel Angel Solar Silva el 21 de Agosto de 1969 en el Gimnasio de la Casa Central de la Universidad Católica con ocasión del otorgamiento a Pablo Neruda del título Doctor Scientiae et Honoris Causa.
Ocasión de encuentro
Hace casi dos meses, un grupo de estudiante presentó al consejo superior la iniciativa para nombrar a Pablo Neruda Doctor Scientiae et Honoris Causa, reconociendo en esta forma la dignidad de su causa. Hoy un estudiante ha recibido el encargo de hablarle al poeta que en esta ocasión se incorpora a nuestra comunidad universitaria, a nuestra causa.
Podríamos reducir estas palabras a exaltar al honrado. Nos ha parecido innecesario. Vale por sus hechos y por su nombre. En cambio, deseamos esta tarde convertir este acto en un encuentro que rompa toda barrera y permita compartirnos.
Es el encuentro de un hombre de sesenta y cinco años, guerrillero triunfante del amor y testigo de su patria durante medio siglo, y una juventud que recién asoma. No es una palabra individual; ha nacido de una generación de jóvenes que han luchado en esta Universidad en estos años, y ella es el sedimento de muchas batallas por lograr ser verdaderamente jóvenes y, mañana, verdaderamente hombres.
Para ti, Neruda, nuestra palabra descarnada, sin afeites ni máscaras: cara al sol para proclamar nuestras claridades. Para ti, poeta, nuestra palabra extrema en este tiempo quejumbroso.
Tiempo quejumbroso
Un ánimo somnoliento invade hoy el alma y el espacio del chileno. Una larga queja ha cogido la vitalidad y el paisaje de nuestra tierra. Algunos se quejan que el pueblo es flojo y que el desorden impera; otros, que la revolución no se hace y las promesas no se cumplen, que somos pobres, que somos sometidos, que llueve mucho, que no cae agua, que nos explotan y nos dominan, que hemos perdido el optimismo y la fe. Un tiempo de permanente y cotidiana frustración, de dolor infecundo nos circunda; un tiempo de ilusiones rotas, en que mucho aborta, nada se completa, los prepósitos no se cumplen, las esperanzas se deshacen, el futuro no llega y los mitos obsoletos del pasado resucitan como pobre respuesta a los anhelos. El conformismo y el escepticismo adquieren legítima presencia. Un tiempo sin fervor, un tiempo burocrático y rutinario impera; un tiempo en que la melodía pegajosa de “morir un poco” impregna nuestra vitalidad dejándonos lacios.
Un tiempo achacoso en un país joven, que se conforma mirando embobado como otros llegan a la luna, como otros hacen su revolución. Un tiempo en que vivimos prendidos de lo ajeno.
Un tiempo en que la vida está en retirada, a la defensiva.
Juventud: un chispazo de vida
En medio de esta quejumbre colectiva, un chispazo, reducido pero intenso, ilumina el panorama sombrío. Es alguien que se rebela, es alguien que dice, “no estoy satisfecho”: es la juventud que toma la ofensiva de la vida. Y el alma colectiva dirige sus ojos, -esperanzados algunos, temerosos otros-, hacia ese fulgor de vida al cien por ciento. Y en esta patria joven ayer sólo fundada, territorio aún verde, una juventud universitaria, que tiene la edad de la patria, dice no, dice que el camino que se le ofrece en la Universidad no la conduce a la alegría sino al vacío, y a la complicidad con lo malsano. Y esta juventud toma, físicamente, en sus manos, sus lugares de trabajo, sus universidades, y es gesto vivo promete comenzar a romper allí el ciclo de la frustración y la desesperanza, y abrir una veta ancha para lo nuevo. La Reforma Universitaria se desencadena bajo un mandato irrevocable: conquistarla para el pueblo, colocarla al servicio de los profundos intereses de los trabajadores. Y el joven sale a la calle, proclama a sus verdades, llena las páginas de los diarios, salta al primer plano.
El mito de la juventud
Pero el ciclo de la frustración y la desesperanza toma sutiles medidas para atajar el fermento de rebeldía de la juventud y la pone de moda, la aplaude, la mima, la adula y, finalmente, la aísla. Tú transformarás el mundo, le dice; tú eres el nuevo poder, tú eres generoso, tú eres alegre, tú eres libre. Viva nuestra juventud, divino tesoro. Los responsables del ciclo han cumplido su tarea, han creado el mito de la juventud para aprisionarla y neutralizarla en forma que el divino tesoro se vaya para no volver. La juventud que se deje reducir por el mito engañador se entregará a las falsas salidas, a las fugas para eludir la dificultad de ser jóvenes y transformarse en hombres.
Las falsas salidas del joven
Algunos, ante la resistencia que ofrecen aquellos que no son jóvenes, se aislarán depositando toda su fe en la juventud; creerán que en ella reside toda la renovación, que allí esta el nuevo poder: el poder joven, se olvidaran que el joven en este hoy, es solo el joven estudiante; que el joven obrero, campesino o empleado no ha tenido gratuito tiempo para serlo y, a temprana edad, debió ser obrero o campesino y nunca joven. Cuando los que por aquí se fugan de sí mismo abandonen la Universidad, vivirán tratando de regresar a un pasado que se fue, será Arnaldo, el estudiante ya viejo de la obra de teatro “Nos tomamos la Universidad”, que vuelve a ella por haber fracasado como hombre.
Otros, ante la impotencia de construir lo nuevo que proclaman y construirse de nuevo como aspiran, optarán por la tentación iconoclasta y exaltarán como máximo valor la destrucción de todo; terminarán, finalmente, sin destruir nada, sólo destruyendo lo único que tienen: la posibilidad de hacer algo nuevo. Son aquellos tentados por copiar, aquí en Chile, lo que los jóvenes Franceses hicieron en París. Seguirán imitando.
Y, finalmente, habrá muchos que ante su persistente soledad, se fugarán, encontrando como único lugar del amor y de la solidaridad, el erotismo; las relaciones entre el hombre y la mujer. Creerán que sólo allí es posible verter toda la generosidad, todo el anhelo de amor, transformando esa relación en refugio ante un mundo hostil e inhumano. Lo erótico como refugio alberga hoy a una inmensa parte de la juventud que incluso se organiza para rendir culto a Adamos y Raphaeles, mensajeros de la decadencia de occidente, ideólogos de este veneno del verdadero amor. Los que por allí se evaden tampoco encontrarán respuestas valederas, porque aislar la relación entre un hombre y una mujer del resto de los hombres es acabar con el amor. El amor es indivisible y el beso y la caricia son verdaderos sin son gestos injertados en la ancha solidaridad, en la generosidad extensa de los hombres. Hay verdad en aquello de que para saber hacer la revolución hay que saber hacer el amor, y que para saber hacer el amor hay que saber hacer la revolución. Los que escapan terminarán en una revolución vacía; solo habrán conquistado una soledad para dos.
Juventud vencida
Una vez cumplido su papel, las falsas salidas, el joven se enfrentará a su adultez vacío, sin armas nuevas y seguirá el camino establecido, yendo a engrosar las filas de los escépticos, de los realistas, de los tecnócratas. Será un vencido, con muchas disculpas, pero un derrotado por lo viejo que en él había y que no fue capaz de morir.
Difícil tarea ser jóvenes. Promesas hoy, y mañana una más de las no cumplidas, un eslabón más del ciclo de ‘morir un poco’. Jóvenes que ahora prometen transformar el mundo y mañana son comparsas de lo viejo y rutinario. Y entonces la juventud no fue puente para nada, solo una dolorosa anécdota, cubierta por frase de recuerdos de “Cuando éramos jóvenes”, de “Los 25 abriles que no volverán”, y el dicho popular habrá probado su trágica validez: “Amores de estudiantes, flores de un día”. Y nuestro pueblo seguirá su camino adormecido y, al llegar la hora de su despertar, no estará presente una de sus promesas. Y será doloroso, porque un átomo del pecho de la patria no vino al combate. No será la primera vez, -ya hubo en Chile una juventud, allá por los años 20, que prometió “ ir más allá del horizonte do remonta la verdad y desnudo de mujer encontrar la realidad…”; y no fue.
El joven se mira en silencio
Pero el joven puede todo y hoy puede eludir la trampa traicionera de los mitos y las falsas salidas. Puede, si se recoge en silencio. Allí, en su silencio, el joven siente que el mito miente. Percibe que ser joven es un momento de ruptura interior y de quiebre con el exterior; que su seguro mundo familiar y escolar cumplió su cometido y lo lanzó a la amplitud del mundo; que hoy requiere nuevos compañeros y nuevos hermanos, nuevos padres y muchos más que antes; y no sabe como buscarlos; que los sólidos cánones de la infancia se han hecho polvo al llegar a la adolescencia y es preciso construir nuevos que ordenen su obediencia. Y la incertidumbre lo coge al enfrentarse a muchos testigos contradictorios que le ofrecen diversas leyes. Allí, en el silencio, el joven vive la fragilidad de su ser. Siente que puede ser generoso si derrota su permanente soledad; que puede ser alegre si asume sus dolores; pero que hoy siempre está triste.
Juventud, tiempo de sueños
En la conciencia de su fragilidad algo aparece valedero y consistente, algo despreciado por muchos: son sus sueños. En un comienzo tímidos e irreales, pero en el ejercicio permanente irán adquiriendo solidez y realidad. Y al compartirlos los irá enriqueciendo y se sentirá partícipe de un sueño común que atraviesa la barreras de la individualidad y de la sola juventud. Sus sueños serán plenamente maduros al incorporarse al sueño colectivo, a los profundos anhelos de todos los hombres, al sueño del pueblo de un mundo mejor, de un tiempo nuevo.
Un tiempo en que el viejo vino de la patria sirva para darle sabor al camino y coronar la alegría, y no para envilecer al pueblo revolcándolo en su desgracia. Un tiempo de mujeres generosas como el pan, que no teman tener hijos para poblar la patria desierta, porque habrá trigo y leche para que no mueran cada año treinta veces mil niños de hambre y mugre. Un tiempo en que los hombres se entusiasmen por conquistar las riquezas del mar, y cada refugio de la costa sea un puerto; para obtener el metal y cada chileno reconquiste plenamente para su patria el cobre y el hierro; por cultivar la tierra y para que el hijo del campesino que arrancó a la ciudad y formó la callampa, vuelva a su tierra natal a obtener el trigo y el vino. Un tiempo en que los hombres estén ansiosos por fabricar los utensilios y las armas, generar la luz, trabajar los metales, abrir los caminos, construir hogares, armar aviones y echar a volar. Un tiempo verde, en que cada niño chileno aprenda de memoria al menos un poema de Neruda.
Un tiempo en que valga la pena hacer colas, apretarse el cinturón, vivir estrecho, reducir los sueldos, no tener autos, por que se estarán construyendo toda la patria para todos los chilenos. Un tiempo sin presidentes quejumbrosos porque no lo dejaron hacer, pero sí de gobernantes y capitanes duros e incansables para imponer la disciplina de la solidaridad, porque serán depositarios de la autoridad del pueblo.
Un tiempo al rojo, sin Raphaeles, sin Mercurios, en que los hijos de Violeta canten la alegría de su patria y los discípulos del fraile Camilo difundan la voz verdadera. Un tiempo en que se ruegue a la Virgen aquello que se exigen los hombres. Un tiempo americano de promesas cumplidas y sueños realizados.
Juventud, tiempo de dolores
Pero hoy la juventud siente que sus maduros sueños, sueños son. Y el joven sufre el dolor de no ser, de sólo soñar; sufre su estado de soledad y su incapcidad de ser generoso y solidario; sufre la incertidumbre, la ausencia de fulgores persistentes; sufre la muerte de us infancia; sufre su miseria personal y las mil tentativas abortadas. Es falso que la juventud sea llena de risas, en ella hay mucho de llanto.
Y en el ayer, sólo nos educaron para eludir el dolor, solo nos entregaron normas para escapar al sufrir. Este tiempo quejumbroso y frustrado está lleno de analgésicos y tranquilizantes: mejorales para los pobres y valium para los ricos, marihuana para los jóvenes. Esta época se ha negado a vivir el dolor olvidado su valor. Un tiempo eminentemente doloroso como el nuestro, como el de toda América Latina ha huido del dolor y la hacerlo ha huido de sí mismo. Ha olvidado la virtud depuradora del dolor, que como ácido vertido sobre el metal, corroe todo lo carcomido, reduce a polvo todo lo inútil. La mujer ha olvidado que su fruto para pos el dolor de la desfloración y el parto, y que el amor aun hombre se alimenta de mucho sufrimiento. El hombre ha olvidado que, en la historia, lo nuevo nace de la muerte de lo viejo; que para resucitar hay que morir.
Nadie nos ha mostrado la moral del dolor, la ascética de la violencia y de la muerte, y hemos aprendido a conquistarla solos. En la medida que seamos capaces de asumir nuestros dolores sin concesiones , de hacernos violencia interior, seremos capaces de liquidar todo lo inconsistente de la condición de juventud y avanzaremos una paso en la búsqueda del hombre nuevo.
Se es verdaderamente joven si se viven todos los sueños. Habrá posibilidad de hacerlos realidad, si se asumen todos los dolores. Pero con eso no basta. No es suficiente reducir este tiempo a un puro proceso interior y subjetivo, no bastan los sueños maduros y los dolores fecundos. Es necesario ir más allá, salir de sí mismo, traspasar la barrera de la piel y, para ello, el día que nos concedió la vida, nos regaló las manos.
Las manos para salir de nosotros mismos y tocarlo todo. Tocar nuestro cuerpo y nuestra cara, y saber cómo somos; tocar a nuestra madre y su ternura; tocar al padre y su fortaleza; tocar los hermanos y su compañía; tocar la tierra; tocar la madera, las raíces, las piedras y el agua; tocar la cordillera y el mar. Tocar la mujer que se quiere y el mañana fecunda. Son las manos de mujer las que preparan los alimentos y las que generosamente acogen a su hombre para regalarle sus caricias y comunicarle su paciencia.
Con estas manos, torpes o hábiles, salimos del yo y palpamos el territorio: Santiago del Nuevo Extremo; Chile, nuestra provincia; América latina, la Patria Grande. Es en esta tierra donde tenemos nuestras raíces. Es en ella donde debemos crecer.
Aquí en esta Universidad, con las manos adquirimos un oficio para transformar lo que toquemos: Sí, la tierra, campesinos; sí, el mineral, mineros e ingenieros; sí, el enfermo, médico o enfermeras; sí, la ciudad, arquitectos; sí, las leyes, juristas. Y así cada uno con su oficio, pero todos trabajando, transformando la ciudad del hombre.
No tenemos los jóvenes la disciplina del trabajo cotidiano y sistemático; olvidamos que para hacer realidad nuestros anhelos, es necesario aplicarse a la práctica concreta, al trabajo paciente. Los universitarios se olvidan que los hombres son los que hacen, no lo que piensan; que hacer es la única norma de ser más; que la última medida de la vida son los frutos que produzca y hoy, con razón, algunos no dicen: “te creeré, si haces aquello que te propones”.
Pero no basta practicar sólo el oficio particular. Hay un quehacer que es propio de todos los hombres en diversas medidas: es el trabajo de transformar la realidad colectiva, la organización de los hombres en comunidad, de ordenar de una manera nueva la totalidad de la polis; es el trabajo político. Hoy, los guardianes de la cadena de morir un poco, los que mantienen el orden actual, los que hacen política vieja, han prostituido la palabra política y tratan de convencernos que seria nefasto que el joven adquiriera conciencia con su compromiso con el hacer sobre el todo social, que adquiriese la conciencia política y realizase su práctica. Los jóvenes sabemos que los sueños serán realidad si usamos las manos para quebrar los eslabones de la cadena y tejer los lazos nuevos a la medida de nuestro pueblo.
Que nuestras manos se gasten en el trabajo, en el hacer agotador, como las manos callosas del proletario, vivo testimonio de que no se queda en sus sueños, ni se aísla en sus dolores, sino se usa sus manos para transformar lo que toca.
Juventud: tiempo de libertad
El joven que no rechace sus sueños, sino que los madure; que no rechace su dolor, sino lo asuma; que no se ensimisme en su yo, sino que utilice sus manos para trabajar, ese joven será apto para el ejercicio de la libertad. El mito de la juventud nos trata de convencer que somos libres a través de la falacia de la ideología individualista que centra toda la libertad en la permanente posibilidad de elegir, en el poder hacer lo que se quiera. Digámoslo de una vez: es cierto que tenemos amplitud donde escoger, pero la libertad solo existe cuando esa posibilidad se usa, cuando se elige, cuando sometemos la vitalidad a un llamado, aun designio, a un Señor. Y se es más libre mientras mayor sea el Señor, que enseñoreándose sobre nuestras vidas, nos haga crecer. Para algunos el señor será el dinero; para otros, el prestigio o el poder; para los soberbios, el señor serán ellos mismos. Para los hombres justos de todas las épocas, el señor son los otros hombres, es el prójimo, es el necesitado, el hambriento, el enfermo, el explotado. El Señor de la historia — el mayor – es el pueblo que dolorosamente trabaja transformando la tierra, construyendo el reino del hombre, la ciudad de Dios. Hoy se llama campesino, artesano, empleado, trabajador, proletario, mujer del pueblo.
Todos los que obstruyen la construcción de una tierra nueva están en contra del pueblo, son enemigos de él y están condenados, tarde o temprano, a desaparecer: La juventud de hoy será libre si somete conscientemente su vitalidad al territorio y al pueblo que lo vieron nacer, si participa de los mismos sueños, sufre solidarios dolores y trabaja por renovar la ciudad del hombre a través de su oficio y de la participación en la lucha por alterar el dominio y desatar las energías retenidas.
Profesión de Fe
¿Será todo esto posible? Siempre ha sido posible, en todos los tiempos y en todos los continentes. Y hoy la América latina comienza a vivir la víspera de este tiempo nuevo. Una isla verde y solitaria da testimonio de ello. Allí, lo que Martí prometió el pueblo de Cuba lo esta cumpliendo, y su juventud llegó al combate.
¿Podremos nosotros participar en el tiempo nuevo y acelerar su venida? Sí podremos, sí quebramos el sino trágico de la juventud y lo transformamos en un tiempo apto para generar hombres nuevos, en que la chispa de la rebeldía juvenil se aplique sobre el carbón y prenda un fuego que temple nuestra obediencia bajo condiciones de hierro.



