Discurso 7 de Abril 1967

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Excmo.  Sr.  Rector

Monseñor Alfredo Silva Santiago;

Honorable Consejo Superior;

Sr. Presidente de la Federación

De  Trabajadores de la Universidad Católica;

Sres.  Presidentes de Centro;

Compañeras y compañeros estudiantes, y muy  en especial,

amigas y amigos que hoy entran a la Universidad.

Hoy se inaugura el  Año Académico, y con ello comienza oficialmente otra etapa de la Universidad.  Año plagado de  esperanzas, de propósitos y de temores ante lo que se avecina,  pero hoy también recibimos con regocijo la llegada de nuevos  integrantes  que ingresan a los primeros años de la Universidad.

Como Presidente de la Federación de Estudiantes,  máxima  expresión de la comunidad estudiantil, debe expresarles la alegría por la   llegada de sangre nueva a los viejos  patios de la Universidad Católica.  La comunidad estudiantil, esa unidad,  ese ser colectivo, ese resumen personalizante de 6.000  estudiantes de esta universidad, hombres y mujeres jóvenes que pertenecen  a un mismo tiempo, viven en  similar circunstancia  y tienen  comunes aspiraciones; ve ingresar en su seno a una nueva  generación…     Compañero de Primer Año, al acceder a la comunidad  estudiantil no lo haces a algo que hoy día  recién comienza,  sino a una entidad que es tan vieja como la vieja Universidad,  que tiene sus tradiciones, su historia, sus defectos, sus  virtudes, sus triunfos y sus instituciones,  siendo la máxima de ellas la Federación de Estudiantes.  Es una   comunidad que canta en los Festivales de la Canción, que realiza su aporte a Chile en los trabajos de verano, que discute  posiciones en las Convenciones de Estudiantes, que se alegra y  comunica su alegría a la ciudad en las Semanas Universitarias, en  síntesis, una comunidad estudiantil que es el receptáculo donde  toman su expresión colectiva las aspiraciones de  cada universitario.  Hoy al ingresar a ella, te haces partícipe de su pasado, pero más que nada te haces responsable de su porvenir, porque a ti especialmente te pertenece.  En el nombre de todos los  estudiantes de esta Universidad,  te hago llegar compañero de  primer año, el saludo más fraterno y la invitación más ferviente  a que dentro de ella cumplas el papel que todos esperamos.

Hoy la Universidad toda se ha reunido en este Gimnasio para reflexionar acerca de su futuro.  El Excmo. Sr.  Rector  lo ha hecho en nombre de la Dirección de la Universidad, los  estudiantes  como es tradicional,  debemos también decir   una palabra en esta ocasión,  y lo haremos con la plena libertad de espíritu de la vida universitaria nos concede y con el  único afán de buscar el bien de la Universidad.  Nunca hemos creído -y nuestra trayectoria así lo ha demostrado-, que el bien de la Universidad requiera la concordancia de los diferentes sectores de ella, sino que muchas veces,  y los tiempos en que  vivimos así lo necesitan, es imprescindible plantear las  discrepancias, sin desconocer los elementos positivos.  Destruir  lo que  nosotros creemos que es maleza, para que una vez quemada la  cizaña el trigo nazca con toda su vitalidad.

Desde hace mucho tiempo, la Federación de Estudiantes viene planteándose el problema  de la Universidad,  preocupación que ha tomado como nombre genérico, la  llamada Reforma Universitaria.  Hace siete años la preocupación se manifestaba por la denuncia un poco romántica de los males que ella padecía.  Años posteriores, vieron a los estudiantes preocupados de formular planteamientos concretos tendientes a resolver lo que  habían denunciado, y dentro de ese camino, la participación  estudiantil en todos los niveles y en especial en el Consejo  Superior, fue el instrumento necesario.  En esta ocasión, debemos recapitular los elementos del pasado y plantear claramente las condiciones para el porvenir.

Años de reflexión han permitido a los estudiantes formular una tesis por muchos compartida,  este es, que nuestra Universidad vive una crisis integral.  Crisis que se manifiesta en tres aspectos:

En primer lugar,  insuficiente desarrollo de su misión esencial, es decir en aquello que trasciende  “el aquí y el ahora” y que es propio de la Universidad medieval y de la moderna.  Ser  una comunidad de maestros y discípulos en búsqueda de la verdad,  el bien y la belleza.  Desgraciadamente la dimensión comunitaria de la Universidad no existe.  Los diversos sectores de ella;  profesores, Dirección, alumnos, trabajadores, llevan una vida aislada.  Nuestros profesores, en general de gran calidad, como grupo  se han caracterizado por su desorganización y falta de participación en las derecciones y  en las responsabilidades universitarias que por su naturaleza le corresponden. Hemos percibido en este aspecto signos de renovación, que muestran la preocupación del profesorado joven de la universidad por comenzar a participar en la vida académica en una forma más plena.

Los trabajadores de la universidad, hoy día organizados en una federación, deben también tomar su papel específico. Los propósitos que ellos han demostrado en el sentido de participar en los organismos de de dirección administrativa, son plenamente compartidos por los estudiantes, ello será un elemento importante para impedir que las relaciones con los trabajadores tomen un caríz de capital a obrero.

El papel de los estudiantes y de la dirección de la universidad -relativo a la dimensión comunitaria a ella- será cuestión de análisis posterior.

Dentro del incumplimiento de su misión esencial, otra manifestación, es el insuficiente desarrollo de la investigación científica, y por ende, la carencia de cuadros científicos. No queremos con esto desconocer los esfuerzos aislados de algunas Facultades y decanos, pero es indiscutible que ello no ha contado con el respaldo necesario de parte de la autoridad universitaria. Esta apreciación es la misma que todo hombre de ciencia de esta universidad hace sobre este problema.

Finalmente, otra expresión de este aspecto de la crisis de la universidad es la carencia de una formación integral para el universitario, porque sólo recibe el punto de vista especializado de cada facultad y no se le proporciona una visión integradora del hombre y de su mundo que le permita recoger los problemas que hoy día enfrenta, con una dimensión humanística. La falta de un foco de ciencias antropológicos dentro de la Universidad, o la falta de irradiación de los reducidos que hoy día existen, agudiza aún más este problema.

En segundo término, la crisis de la universidad se ha manifestado por su incapacidad para responder el momento histórico. Cada época requiere una comunicación con la circunstancia concreta que la rodea. Si de ella se careciera, la elaboración cultural que la universidad realiza, perdería vitalidad y se deshumanizaría. La universidad debe ser la institución social capaz de cristalizar intelectualmente el vivir de su pueblo.

Nadie puede olvidar las circunstancias sociales que hoy día vive Chile. Circunstancias posibles de definir por el afán incontenible de los hombres postergados para derribar las “ disparidades hirientes, no solamente en el goce de los bienes, sino todavía más en el ejercicio del poder”, como ha dicho Paulo VI, quien además agrega “ mientras que  en algunas regiones una oligarquía goza de una civilización refinada, el resto de la población, pobre y dispersa, esta privada de todas las iniciativas personales y de responsabilidad, y  aún muchas veces incluso viviendo en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana”. Son las palabras de Roma las mejores para señalar la situación que hoy día nuestro país vive. A ello la universidad no puede aparecer dándole la espalda, sino que muy por el contrario, encarnándose en su tiempo. Es un hecho que  esta universidad vive ausente de esa preocupación. Sólo podríamos mencionar, para ser justos, las realizaciones aisladas de algunos profesores y las actividades de  acciones sociales de los  alumnos. Algunos argumentan en contra de esta exigencia, diciendo, “ la Universidad no puede transformarse en un servicio de la  administración pública, para ello está el Estado”. Los que así hablan, es que no han entendido la naturaleza del requerimiento histórico. No han sido capaces de percibir que lo único que se le pide a la Universidad es que reflexionando en su silencio, sea capaz de ser verdadera universidad, y al mismo tiempo históricamente situada y no ajena a su país. Ello requiere imaginación, experimentación, y sobre todo, una  autoridad que sepa conducir los impulsos ya hoy día existentes. Los que han tenido oportunidad de vivir los trabajos de verano, han podido auscultar que en ellos se da una forma quizá rudimentaria del ansiado propósito de tener una Universidad que viva inserta en su pueblo.

El último elemento de la crisis de la Universidad Católica se puede señalar, paradojalmente,  en lo “ católico”. Creemos firmemente en la compatibilidad de lo católico y de lo universitario,  porque creemos que  en la plenitud de lo humano se encuentra el cristiano. Porque al final de la historia, no está el término sino la parusía. Esta convicción debe concretarse en los momentos actuales en una modalidad de universidad que en cierta forma prefigure la meta que sostenemos. Queremos una Universidad en que la católica se exprese fundamentalmente por la elaboración de una antropología cristiana merced a un diálogo incesante e integral entre la ciencia y la fe, entre la filosofía, ciencias naturales y la teología. La carencia de una facultad de teología con una presencia activa en el resto de la universidad, impide que el diálogo creador entre la verdad revelada y las ciencias del hombre, se produzca. Sólo nos resta señalar que la única actividad que tiende a este objetivo: los cursos de cultura católica, son en gran medida insuficientes.

Hemos analizado a grandes rasgos los elementos que configuran la crisis integral de la Universidad Católica, muchos podrán sentirse tentados a escandalizarse por la insistencia de los alumnos en la denuncia de los males, pero creemos que nuestro papel es justamente instar abiertamente en aquello que otro sólo mencionan en los pasillos, o lo aceptan con cierto fatalismo. Nos parece que no hay ninguna novedad en lo dicho. Que ello ha sido múltiples veces repetido, y que los universitarios ya están cansados de escucharlo, y el anhelo de esta ocasión es visualizar un camino de superación definitivo. La esperanza se ha convertido en frustración en el espíritu de alumnos y profesores, y ya todos miran con cierto recelo a aquellos que prometen cambios en la universidad.

Sin embargo, para ser justos, no debemos callar los hechos positivos y elementos promisorios que se han producido en la universidad. Así podemos mencionar como la reorganización administrativa ha sido un paso importante  para la vida académica. El crecimiento sustancial de la universidad – medible en presupuesto, profesores y alumnado – aunque se ha realizado en forma inorgánica – significa un esfuerzo que se debe valorar. El enfrentamiento reciente – merced en parte a la  actuación del centro de alumnos – de la situación ene. Pedagógico, mediante la normalización de la autoridad académica, el aumento presupuestario, la contratación de profesores, es otro elemento que se debe señalar. Finalmente, el comienzo de una planificación académica y el nombramiento de decano de la facultad de Agronomía, nos parecen hechos positivos.

Pecaríamos de mediocridad si nos sintiéramos satisfechos con estas realizaciones, son demasiado grande y urgentes las exigencia como para adormecernos y no seguir luchando.

Enfrentados a la necesidad de resucitar la mística y el entusiasmo en alumnos y profesores para cambiar la Universidad, es necesario descubrir aquello que impide la rápida transformación. Por todos lados uno observa la preocupación y el deseo de enfrentar los males y buscar soluciones. Hay una tremenda energía entre los profesores y alumnos que no ha sido actualizada. El Sr. Rector ha podido observar concretamente esa aserción cuando el lunes pasado recorría la exposición realizada por los centros de alumnos en la Escuela de Arquitectura llamada  “El rostro de la universidad” o en la movilización de estudiantes para los trabajos Universitarios en los meses de verano.

Es fácil percibir un consenso general entre profesores y estudiantes de la meta a perseguir …. Avanzar rápidamente hacia un nueva Universidad – realmente creadora, formadora de hombres verdaderamente cultos, auténticamente comunitaria, propiamente católica, e íntimamente ligada al desarrollo de país.

Cuando existe el propósito y la energía suficiente como para llevarlo a cabo, sólo se requiere que la transformación sea encabezada por hombres de vocación universitaria verdadera, claramente representativos y conscientes de la urgencia del cambio. En síntesis, es necesaria una  autoridad que sea capaz de conducir lo que ya está dispuesto. Sin esta condición, muy poco se puede hacer.

A través del transcurso de mis palabras, hemos analizados una realidad, señalado un propósito y afirmado una exigencia. Exigencia de contar con una autoridad adecuada para el cumplimiento del propósito. Debemos en esta hora, responsable y serenamente, analizar como es la autoridad en la Universidad católica.

El consejo superior, presidido por el Sr. Rector, se puede señalar como el cuerpo jurídicamente establecido para conducir la vida  académica de la Universidad. Es de todos conocida la opinión de los  alumnos con respecto a dicho Consejo. Sintetizando, tendríamos que decir que no cumple ninguna función de mando y que se limita a tratar temas intrascendentes, e incluso ésos los resuelve en forma poco seria. Lo hemos dicho en las paredes de la universidad, no sería honesto callarlo en esta ocasión. El Sr. Rector y los honorables consejeros muy bien saben la periodicidad con que se reúne este consejo, la falta total de antecedentes con que se cuenta para tomar decisiones, y la  importancia que  el resto de la Universidad le concede al Consejo Superior. En resumen, éste no es otra cosa que una súper estructura sin ninguna capacidad real de decisión y en la cual, por ende, la participación estudiantil pierde toda consistencia y eficacia.

Las diversas facultades están consientes – y esto lo decimos porque se lo hemos escuchado – que la decisiones importantes se toman en otros niveles creando con ello una situación inorgánica que conduce a la frustración de algunos y al excesivo poder para otros. Ningún Decano que tenga intenciones de dar curso a un proyecto importante, recurra al consejo superior, y para éste sólo se deja aquello intrascendente con el objeto de conservar la formalidad.

La situación anormal existente para la toma de decisiones, hace posible que vastos sectores – entre los cuales se encuentra el profesorado joven de la Universidad, algunas facultades institutos, y en general hombres genuinamente universitarios, se marginan de la responsabilidad, que por su misma naturaleza les cabe dentro del contexto de la Universidad. La falta de una institucionalidad para ejercer el poder, hace posible que factores extra universitarios, especialmente los políticos de cualquier tendencia, sean elementos decisivos para la conducción de la Universidad.

La Universidad sabe que funciona a pesar del Consejo Superior, y tolera esa situación, algunos debido a la inercia o impotencia, y otros debido a que les es favorable.

La conducta de los alumnos es consecuente con la situación descrita.  Es así como la indisciplina, la falta de consideración con la jerarquía, la desobediencia reiterada, son  hechos que mirados en forma absoluta podrían ser negativos, pero  que a la luz de las consideraciones anteriores, son totalmente  explicables y moralmente lícitas.

La falta de representatividad de la autoridad universitaria ha sido enfrentada por los estudiantes a través de FEUC,  mediante una lucha por cambiar la estructura de poder de la  Universidad permitiendo que la autoridad sea generada democráticamente.  El proyecto no ha sido impugnado por nadie y aceptado en la forma por todos, pero los 20 meses de tramitación y la  incertidumbre del futuro han desilusionado a los estudiantes de la eficacia del método y de la real disposición del Consejo Superior para  aprobarlo.

Nos parece lógico concluir, después de hacer este análisis, que la realidad indica claramente una crisis de autoridad,  crisis por deficiencia de la autoridad, trayendo consigo una  pérdida de los requisitos esenciales para el gobierno, ya que al no  ser representativa de la comunidad que dirige, es incapaz de  interpretar sus aspiraciones y de unificar los  dinamismos que en ella se dan.  Lo anterior impide a la autoridad garantizar el bien común.  Este es, tomando las palabras de Santo Tomás:  “el conjunto de recursos espirituales y materiales necesarios a la  comunidad para que pueda vivir  y ofrecer a sus miembros el medio de realizar lo más perfectamente su destino personal”. La crisis de autoridad es para nosotros la causa última de la deficiencia de nuestra Universidad, y aunque su superación no es sinónimo de Nueva Universidad,  ella es condición  necesaria para iniciar el camino.  Es por ello que el Comité  Ejecutivo que presido, postuló en el mes de Noviembre del año  recién pasado, que el camino de reforma universitaria no  consistía en la presentación de proyectos de reformas estructurales al Consejo superior, sino que simplemente en un cambio de  personas en la Dirección de la Universidad.

No quisiera que mis palabras se interpretaran como un ataque a la dignidad de las personas, ni un desconocimiento  de su labor, porque sabemos que muchas de ellas tienen un real  espíritu de servicio y de entrega a la Universidad, lo que  simplemente hacemos notar es que debido a las condiciones descritas, el espíritu de servicio es estéril.

He querido se extremadamente franco en este día de Inauguración del Año Académico y no dejar nada sugerido.

El diálogo, como dice el Pastor Romano, si no es claro ni se  da en la confianza de que el interlocutor pueda acoger la palabra, no produce frutos  “cuando así se conduce,  se realiza la unión de la verdad con la caridad, y la inteligencia con el amor”.

Cuando en el mes de Febrero  de este año 400 universitarios nos despedíamos de la provincia de Arauco, había una  petición en la boca de los hombres y mujeres de esa lejana región.  “No nos olviden”.  Y prometemos no  hacerlo.  Y las palabras que esa noche dijimos en la Plaza de  Curanilahue, podemos repetirlas hoy textualmente “No nos olvidaremos porque vamos a aplicar el espíritu que en Arauco hemos  encontrado a nuestra Universidad.  Le vamos a exigir que cambie  sus viejas estructuras y los hombres que las sostienen, para que se coloque al servicio de su pueblo, para que cumpla el mandato  de la hora presente y se abra a todos los sectores sociales, que  investigue la realidad de este país y elabore la tecnología,  ciencia y cultura que la comunidad nacional le requiere.  Que en fin,  sea la culminación intelectual del vivir de su pueblo, porque allí  está su energía y vitalidad”.

Seremos fieles a la palabra empeñada porque es en esta forma como entendemos el mandato evangélico  “ser levadura en la masa y sal en la tierra”

Miguel Angel Solar

Santiago, 7 de Abril de 1967


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