Palabra de Poeta

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PALABRA DE POETA

 

“PALABRA DE AGRADECIMIENTO DEL

POETA PABLO NERUDA POR LA DISTINCION

OTORGADA POR LA

UNIVERSIDAD CATOLICA”

 

 

 

Aquella universidad a la que me invitaban era una de las más antiguas del mundo; y casi me desplome de susto al atravesar los portales de vieja piedra cenicienta que habían cruzado, antes que yo, presencias inmortales. Entramos por corredores sombríos; seguimos por salas  de ventanas góticas, por lo que la luz del norte de Europa entraba apagadamente, como si hubiera aprendido ya una antigua lección de sabiduría. Pero aun aumento mi miedo, cuando me llevaron a una pequeña habitación en que entraban y salían los dones, los maestros con sus togas negras y , sobre una mesa, vi una toga de color escarlata. Pensé dentro de mi cobardía, que aquella seria, tal vez, la del gran Provoste, la del gran Cardenal, que me irían a introducir en aquella misteriosa ceremonia; pero, de pronto, entraron dos alabarderos vestidos de negro y con mazas de plata, que me revistieron la tremenda túnica escarlata y me empujaron por un corredor en donde cuarenta silenciosas personas estaban sentadas delante de lo que me pareció un tribunal. Cuando avanzamos, y a mi me temblaban ya las piernas, debajo de aquella capa de color bermellón, los alabarderos, las mazas y una voz de otro hombre, vestido de rojo, preguntó:

 

  • quien es ése que avanza?
  • Se llama Pablo Neruda.
  • Que meritos tiene?
  • Viene de lejos, de la Araucanía, y ha escrito muchos poemas de amor y otras cosas más….

 

 

Que pase!, dijo el hombre, y los alabarderos me empujaron hacia donde en aquella vieja Universidad, con plena pompa y ceremonia, me revistieron también con un Doctorado Honoris Causa.

 

Y no quiero decir por presunción, ni remotamente, que pudiera yo menospreciar tales espléndidos honores, y de ninguna manera es desequilibrar en nuestra mente, el concepto que podemos tener de la sabiduría antigua de remotos lugares. Pero que decir en agradecimiento a tan emocionante acogida y a esta gran distinción, sino decir que comprendo que allí había pasado el tiempo y muchas cosas antes de que yo, un bárbaro de América, llegara a tener tales títulos; pero que aquí, también, han pasado muchas batallas para que muchos prejuicios, muchos, muchos prejuicios mutuos terminaran en esta reunión emocionante en que he oído las palabras cristianas y revolucionarias de Miguel Angel Solar, las palabras tan nobles y elevadas del señor Rector y decirles que, con todo el orgullo que pude tener entonces, es mucha más mi emoción de ahora al verme rodeado de tan jóvenes y valerosos corazones de mis propios compatriotas. Es eso lo que tenía que decir.

(Aplausos)

 

Prometí hace pocas semanas, aquí, un recital de mi poesía de amor, y lo voy a cumplir. Pero, un poco contestando a Miguel Angel Solar con un poema, en que le contestaba muchos años antes de que el hubiera hablado, voy a leer éste que se llama “El pueblo”:

 

De aquel hombre me acuerdo y no han pasado sino dos siglos desde que lo vi, no anduvo ni a caballo ni en carroza: a puro pie deshizo las distancia y no llevaba espada ni armadura, sino redes al hombro, hacha o martillo o pala, nunca apaleó a ninguno de su especie: su hazaña fue contra el agua o la tierra contra el trigo para que hubiera pan, contra el árbol gigante para que diera la leña, contra los muros para abrir las puertas, contra la arena construyendo muros y contra el mar para hacerlo parir.

 

Lo conocí y aún no se me borra.

 

Cayeron en pedazos las carrozas, la guerra destruyó puertas y muros, la ciudad fue un puñado de cenizas, se hicieron polvo todos los vestidos, y él para mí subsiste, sobrevive en la arena, cuando antes parecía todo imborrable menos él.

 

En el ir y venir de las familias a veces fue mi padre o mi pariente o apenas si era él o si no era tal vez aquél que no volvió a su casa por que el agua o la tierra lo tragaron o lo mató una máquina o un árbol o fue aquel enlutado carpintero que iba detrás del ataúd, sin lágrimas. Alguien en fin que no tenía nombre, que se llamaba metal o madera, y a quien miraron otros desde arriba sin ver la hormiga sino el hormiguero y cuando sus pies no se movían, porque el pobre cansado había muerto, no vieron nunca que no los veían: había ya otros pies en donde estuvo.

 

Los otros pies eran él mismo, también las otra manos, el hombre sucedía: cuando ya parecía transcurrido era el mismo de nuevo, allí estaba otra vez cavando tierra, cortando tela, pero sin camisa, allí estaba y no estaba, como entonces, se había ido y estaba de nuevo, y como nunca tuvo cementerio, ni tumba, ni su nombre fue grabado sobre la piedra que cortó sudando, nunca sabia nadie que llegaba y nadie supo cuando se moría, así es que sólo cuando el pobre pudo resucitó otra vez sin ser notado.

 

Era el hombre sin duda, sin herencia, sin vaca, sin bandera, y no se distinguía entre los otros, los otros que eran él, desde arriba era gris como el subsuelo, como el cuero era pardo, era amarillo cosechando trigo, era negro debajo de la mina, era color de piedra en el castillo, en el barco pesquero era color de atún y color de caballo en la pradera: cómo podía nadie distinguirlo si era el inseparable, el elemento, tierra, carbón o mar vestido de hombre?

 

Donde vivió crecía cuanto el hombre tocaba: la piedra hostil, quebrada por sus manos, se convertía en orden y una a una formaron la recta claridad del edificio, hizo el pan con sus manos, movilizó los trenes, se poblaron de pueblos las distancias, otros hombres crecieron, llegaron las abejas, y porque el hombre crea y multiplica la primavera caminó al mercado entre panaderías y palomas.

 

El padre de los panes fue olvidado, él que cortó y anduvo, machacando y abriendo surcos, acarreando arena, cuando todo existió ya no existía, él daba su existencia, eso era todo. Salió a otra parte a trabajar, y luego se fue a morir rodando como piedra del río: aguas abajo la llevó la muerte.

 

Yo, que lo conocí, lo vi bajando hasta no ser sino lo que dejaba: calles que apenas pudo conocer, casas que nunca y nunca habitaría.

 

Y vuelvo a verlo, y cada día espero.

 

Lo veo en su ataúd y resurrecto.

 

Lo distingo entre todos los que son iguales y me parece que no puede ser que así no vamos a ninguna parte, que suceder así no tiene gloria.

 

Yo creo que en el trono debe estar este hombre, bien calzado y coronado.

 

Creo que los que hicieron tantas cosas deben ser dueños de todas las cosas. Y los que hacen el pan deben comer!

 

Y deben tener luz los de la mina!

 

Basta ya de encadenados grises!

 

Basta de pálidos desaparecidos!

 

Ni un hombre mas que pase sin que reine.

 

Ni una sola mujer sin su diadema.

 

Para todas las manos guantes de oro.

 

Frutas de sol a todos los oscuros!

 

Yo conocí aquel hombre y cuando pude, cuando ya tuve ojos en la cara, cuando ya tuve la voz en la boca lo busque entre las tumbas, y le dije apretándole un brazo que aún no era polvo:

 

“Todos se irán, tú quedarás viviente.

 

Tú encendiste la vida.

 

Tú hiciste lo que es tuyo.”

 

Por eso nadie se moleste cuando parece que estoy solo y no estoy solo, no estoy con nadie y hablo para todos: Alguien me esta escuchando y no lo saben, pero aquellos que canto y que lo saben, pero aquellos que y que lo saben siguen naciendo y llenarán el mundo.


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