La historia del descubrimiento del Estrés.   

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Transcripción parcial en cursiva, con agregados de Miguel Angel Solar no en cursiva, del artículo en Internet: El Descubrimiento del Estrés. Su autor es Gerald  Gabriel,  quien vive en Wellington y es localizable en brainconection.com; este fue traducido por gmarincastro@hotmail.com  

“En los experimentos del científico húngaro-canadiense Han Selye, (1907-1982), descubridor del Estrés o Síndrome General de Adaptación, (SAG), él empezó inyectando ratas con extractos ováricos diversos y después, una vez sacrificadas,  medía los cambios en el organismo de las mismas buscando una nueva hormona; es decir no conocida. Las inyecciones de los  extractos ováricos diversos producían en los animales de laboratorio tres tipos de cambio: crecimiento de la corteza supra-renal; atrofia del timo, bazo y glándulas linfáticas y ulceras sangrantes de la mucosa gástrica y duodenal. La intensidad de los cambios biológicos dependían de la cantidad de los extractos ováricos inyectados. 

 

Lo anterior llevó a Selye a ilusionarse con el descubrimiento de una nueva hormona; en sus propias palabras: “Se han de imaginar mi alegría, a los 28 años parecía que me encontraba frente a una nueva hormona”.  Sin embargo empezó a dudar y a ponerse ansioso cuando inyectó extractos de placenta, hipófisis, riñón, bazo y todos produjeron el mismo efecto; a pesar que estaba desconcertado, pensó que la hormona podía estar en muchas partes. Sin embargo sus esperanzas se desvanecieron totalmente cuando inyectó a las ratas formalina, un producto químico para fijar tejidos, y obtuvo la misma reacción; había fracasado en descubrir una nueva hormona.

 

Ante la brutal perdida experimentada, Hans Selye, recordando ese momento escribe:: “me deprimí tanto que durante dos días me senté  sólo en el laboratorio meditando amargamente como pudiera haber evitado este infortunio  y preguntándome que debía hacer ahora”. El estaba frente  a dos opciones: la primera arrancar terminando con esa línea de investigación pues, con gran probabilidad, no llegaría a nada valioso; muchos investigadores habían gastado los mejores años de vida tras una hipótesis errónea; la otra posibilidad,  reinterpretar los datos”. Lo segundo se dio pues no huyo del síndrome  depresivo pues durante dos días se sentó “sólo en el laboratorio meditando amargamente”;  y la depresión sirve.

En los estados depresivos la persona toda, pide con su actitud ayuda, pero además se hace  permeable, porosa y receptiva a incorporar nuevas relaciones o a potenciar alguna antiguas que le  permitan, no suplantar lo perdido sino crear nuevos vínculos que sumen y permitan adaptarse mejor al mundo post- pérdida; ya veremos más adelante la neurofisiología de ese situación.   Todo ello le sucedió a Hans Selye al momento del fracaso y así  cuenta como revivió sus vivencias de juventud estudiando medicina en la Universidad de Praga.

Al recordar  los pacientes examinados en la asignatura de Introducción a la Medicina Clínica,  Hans Selye dice: “todos ellos se sentían y se veían enfermos, tenían la lengua saburrosa, se quejaban de más o menos dolores difusos en las articulaciones y de perturbaciones intestinales con pérdida de apetito”….”en general presentaban fiebre, inflamación del hígado, el bazo, del bazo o de las anginas,  erupciones en la piel”…” No podía sino mas tarde, cuando los indicadores aparecieran, como digamos padecimiento del hígado, para poder indicar un tratamiento”.

 

“Dado que estos fueron mis primeros pacientes- escribe Selye- yo era todavía capaz de verlos sin ser desviado por el pensamiento médico del momento. Si hubiera sabido mas  nunca me hubiera hecho preguntas pues todo se manejaba de la manera como se suponía que debía ser”.

 

“La pregunta esencial que se clavó en la mente de Selye era en realidad una muy simple: ¿como era posible que los doctores, tras una larga historia de la medicina, habían gastado tanto tiempo y energía en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades individuales y  le  habían dado tan poca atención al síndrome de “sólo estar enfermo”? Aunque cautivado por esa idea, siendo joven y inexperto- y trabajando bajo los lineamientos de la escuela de medicina- Selye no tenía el tiempo, la energía o la experiencia para dedicarse a ello. Mencionó brevemente la idea a un asesor quien de inmediato se rió entre dientes ante la ingenuidad del joven. Y así la idea quedo latente durante buena parte de la siguiente década”.

 

“El recuerdo de la enfermedad no específica, no abandonó del todo a Selye, aunque años después, cuando estaba buscando una idea baja la cual pudiese examinar sus fallidos experimentos con hormonas vinieron a su memoria los  síntomas de los enfermos en el  hospital de Praga; comprendió que aquellos compartían algo en común con las ratas enfermas. Su intención era descubrir cuál era esa conexión y, de hecho, decidió dedicar su vida al descubrimiento de la raíz de esta enfermedad no específica”.

 

Selye lo dijo de la siguiente manera: “Si acaso existía tal cosa, como una reacción no especifica del cuerpo para daños de cualquier clase –  escribió en su jubilosa epifanía – ello por sí mismo, podría representar un estudio valioso. Por supuesto que trabajar el mecanismo de esta clase de estereotipado síndrome de respuesta ante el peligro como tal, podría ser mucha más importante para la medicina que el descubrimiento de una hormona”. Sin duda que esta mirada que tuvo Selye, en medio de su depresión,  y que había provocado sorna en la Universidad de Praga algunos años antes; tuvo todos las características de una visión – ya veremos más adelante las bases fisiológicas de dicha vivencia- que por suerte debe haber tenido un apoyo de algún colega mayor pues Selye tenía sólo 28 años.

 

Al  juntar las piezas del rompecabezas, Selye se auxilió con un poco del conocimiento médico. Ciertos tratamientos que él  conocía eran utilizados en pacientes que sufrían aparentemente de nada.  Los médicos prescribían a la mayoría de estos, cosas como descansar, comer alimentos de fácil digestión y protegerse de los cambios bruscos de temperatura. También retomó que existe una cantidad de tratamientos  no específicos en la historia de la medicina antigua y, de hecho también en la medicina contemporánea, que, aunque extrañas- incluso bárbaras- habían tenido un innegable – si acaso  esporádico –  éxito: prácticas como inyectar sustancias extrañas al cuerpo, terapias de fiebre, terapia de choque y sangrías.

No le tomo demasiado tiempo a Selye formular una teoría que hiciera uniforme toda su aparente disparatada información. Conjeturaba que existía  algún mecanismo en el  cuerpo que respondía de manera  general  a los agentes externos;” agentes nocivos”  era el mejor término  que él podía acuñar en ese momento. La cualidad de sólo estar enfermo que había observado en los pacientes de Praga, los síntomas compartidos por sus experimentos en ratas, así como la exitosa de remedios para el estrés…. sugerían  que el padecimiento especifico, si no era causado por una sola influencia, estaba ciertamente delimitado por fuerzas similares; existía una conexión en la  reacción del cuerpo al padecimiento que daba la apariencia de algún mecanismo interno combatiendo a los agentes estresantes”; los también los también llamados estresores o “agentes nocivos”.

SINDROME GENERAL DE ADAPTACION.

Hans Selye definió el Síndrome General de Adaptación.

1) Fase de alarma. Nuestro cerebro detecta una alarma, de la clase que sea, un ruido en casa por la noche, un coche que corre demasiado rápido hacia nosotros mientras cruzamos por un paso de peatones, notamos olor a quemado… Baja momentáneamente la resistencia: gritamos, se nos cae lo que tenemos en las manos. Nos preparamos para actuar frente a una situación estresante. Se envían desde el  cerebro mensajes hormonales a todo el organismo. Todo ocurre en cuestión de segundos.

2) Fase de resistencia. Todo está a punto para responder, luchamos o huimos, con una respuesta muscular superior a la que tendríamos en otras circunstancias, aunque de corta duración. Pensemos en un intento de atraco, escapo corriendo y lo hago a una velocidad que me costaría conseguir en circunstancias normales.

3) Fase de agotamiento. Ésta se produce cuando la situación estresante continúa o se repite con frecuencia, sin dar tiempo a recuperarse. Como consecuencia el organismo se agota. Propicia la aparición de fatiga, enfermedad y muerte. Seguro que conocemos a alguien que sabemos está pasando por un momento difícil (problema emocional, laboral, de enfermedad propia o de un allegado…). Lo vemos al cabo de unos meses y su aspecto es el de alguien “a quien le han caído encima varios años a la vez”.


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